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domingo, 1 de septiembre de 2013

Juegos y ecuaciones del idioma: la Torre de Babel de economistas

Álter Eco

Juegos y ecuaciones del idioma: la Torre de Babel de economistas

Por   | Para LA NACION
"Alcanzame la toballa", gruñía Alfredo Casero en la mejor época del programa Cha-Cha-Cha . "Toballa no (y la palabra se tachaba en la pantalla de la TV): to-a-lla", lo corregía Fabio Alberti. El sketch se llamaba "Educando al soberano". A la hora de meterse en el mundo de los idiomas, los economistas no son tan graciosos como Casero y Alberti. Pero ya acumulan una serie de investigaciones ricas y originales que incluyen desde esquemas de teoría de los juegos para explicar la coexistencia de distintos dialectos hasta valuaciones de lenguajes y efectos del diccionario sobre los comportamientos económicos.
Se trata de un campo muy marginal, pero que de todas formas ya tiene aportes relevantes de científicos argentinos.
"Es increíble que haya tan poco trabajo realizado sobre el lenguaje por parte de los economistas", dice Barton Lipman, especialista en teoría de los juegos de la Universidad de Wisconsin.
"Es algo muy desafortunado -agrega el economista-, porque vivimos en un mundo lleno de palabras, y no tanto de funciones matemáticas." De hecho, si se pone "economía del lenguaje" en cualquier buscador de Internet, los links derivarán a aquellos estudios sobre una redacción más despojada y pura, sin adjetivos ni frases rimbombantes "económicas".
En tiempos en que el debate entre economistas y académicos se centra en el uso (excesivo o no, depende de quién hable) de las matemáticas en la economía -una polémica que tiene entretenidos a varios gurúes, entre ellos, a Paul Krugman-, esta columna vuelve a demostrar su total enajenación con la realidad y se va al otro extremo: hoy, cómo diría la cantante italiana Mina, sólo "Parole, Parole, Parole". Pasen y lean:
El tablero de ajedrez: A fines de los años sesenta, el economista Thomas Schelling popularizó un análisis que mostraba cómo una ciudad, inicialmente integrada, podría terminar segregada con tan sólo imponer como regla que los habitantes de ésta tuvieran una "leve preferencia" por vivir rodeados de gente de su mismo grupo étnico. Gráficamente, el modelo se reflejaba en una suerte de "tablero de ajedrez" en el que los casilleros de un mismo color se juntan. En un trabajo recién salido del horno, cuatro científicos argentinos le agregaron al modelo original de Schelling la posibilidad de que una persona no sólo se mude, sino que también pueda optar por "cambiar de color", explica el economista Pablo Schiaffino, de la UTDT. Este "efecto Michael Jackson", aplicado a la dinámica de lenguajes, sirve para demostrar, por ejemplo, por qué a veces los lenguajes se extinguen y, en otras ocasiones, idiomas minoritarios destinados a desaparecer no lo hacen. También sirve para explicar las divisiones idiomáticas dentro de un mismo país.
El trabajo fue aceptado la semana pasada por la revista Chaos, Solitons & Fractals ( erds del mundo, uníos), especializada en comportamiento y juegos evolutivos. El matemático de la UBA Juan Pablo Pinasco, uno de los coautores, ya había escrito un artículo en el que demostraba que la coexistencia de varios lenguajes es un punto de equilibrio. "Se pueden pensar los idiomas como mercados competitivos, donde cada individuo es una firma. Al igual que sucede en el mundo de los negocios, siempre habrá incentivos a aprender una lengua en la medida en que existan retornos positivos", explica Pinasco. "Si yo voy a los Estados Unidos y no sé hablar inglés, no voy a poder hacer una carrera académica. Pero sí voy a poder trabajar de jardinero o de lavacopas. La idea es que subsisten nichos económicos para más de un idioma." En el trabajo del "efecto Michael Jackson" también participaron la física Inés Caridi (que colabora con antropólogos y usa redes complejas para rastrear desaparecidos durante la dictadura) y el estudiante de física Francisco Nemiña.
¿Cuánto vale el castellano?: Germán Coloma, economista y profesor de la Universidad del CEMA, se propuso un desafío poco ortodoxo: llevar a cabo una cuantificación económica del idioma español. Para hacerla, analizó la valuación -en términos de ingresos promedio de los hablantes- de cinco características fonéticas, cuya presencia o ausencia sirven para distinguir entre 10 variedades regionales del idioma. ¿Cuáles fueron los resultados? El ingreso anual promedio de toda la zona hispanohablante es de US$ 13.568 (el resultado es para hace dos años). Este valor es 153,26 por ciento superior en la zona del español peninsular estándar; y 61,72% inferior en la zona del español paraguayo, que es la que tiene menor ingreso per cápita. Para quienes hablan la modalidad "rioplatense", el ingreso es levemente superior al promedio: 14.702 dólares por año.
Dime cómo hablas y te diré cómo ahorras: El economista pionero en dinámicas de juego aplicadas al lenguaje es Ariel Rubinstein, quien muy probablemente visite la Argentina el año que viene. Rubinstein escribió en el año 2000 una serie de ensayos sobre el tema, donde defendió la tesis de que las palabras que se utilizan en un idioma tienen efectos determinantes sobre el comportamiento económico. En una disertación muy popular en TED, Keith Chen explica que mientras que el idioma inglés distingue muy claramente entre pasado, presente y futuro, en chino esa frontera es más difusa. Por eso, argumenta Chen, en el país más poblado del mundo la gente ahorra 30% más que en el anglohablante: "El futuro no parece tan distante para los ciudadanos chinos".
Determinantes de pobreza: La cantidad de palabras que un chico estadounidense de un hogar de clase media alta escucha en su casa antes de empezar el jardín de infantes hace que llegue a esta instancia con un repertorio idiomático que es el doble que el de un niño pobre. La "brecha" de déficit de palabras escuchadas antes de los tres años por un chico en un hogar de clase baja asciende a 30 millones de términos, y eso tiene consecuencias dramáticas sobre la evolución futura. La recientemente creada Unidad de Economía del Comportamiento, apuntalada por el presidente Barack Obama, tiene proyectos para trabajar sobre esta disparidad.
Nuevo diccionario: La crisis económica global trajo aparejado el surgimiento de toda una nueva serie de neologismos para describir fenómenos novedosos. En The New York Times, Raphael Minder mencionaba recientemente, entre otras, a "spreaditte" (en Italia se llama así al dolor causado por la diferencia de tasas) o los "ni-ni" en España (la franja cada vez más amplia de la población que ni estudia ni trabaja). El economista, editor de Reuters y del blog de economía internacional Siclus Gabriel Burin aporta otros dos neologismos: "En econotuiter internacional hay dos palabras nuevas dando vueltas. Una es septaper, acuñada por Barclays en junio, cuando crecieron las previsiones de que la Fed iba a reducir su estímulo monetario. Mezcla "septiembre" y "taper", verbo que quiere decir reducir gradualmente.
La otra es bubblecovery , acuñada por Jesse Colombo, un econotuitero de veintipico que milita contra las burbujas financieras. La economista de la UBA Mercedes D'Alessandro es otra neologista prolífica: habla de "psicodelia cambiaria" (por los dólares verdes, azules, etcétera), "despistemología", "economentira" (por econometría), "derivador serial", entre otros términos. Ninguno tan gracioso como la "toballa" de Alberti y Casero, pero no menos imaginativos.
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Preocupante diagnóstico

El lenguaje se redujo tanto que ya "atenta contra la democracia"

Lo dijo el presidente de la Academia de Letras Pedro Luis Barcia; "Se achicó el pensamiento"
Por   | LA NACION
V





"El lenguaje se redujo de tal manera que atenta contra la democracia." Acostumbrado a sorprender con sus declaraciones, Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras, mide la reacción de La Nacion ante sus contundentes palabras.
"Cuando no hay capacidad de expresión se achica el pensamiento. Lo vemos todos los días con jóvenes que no leen, que no saben escribir correctamente y terminan con un lenguaje empobrecido. Y ese empobrecimiento intelectual y verbal le hace muy mal al sistema democrático", explica.
Barcia formuló su preocupante diagnóstico durante una entrevista realizada a raíz del reciente lanzamiento del Diccionario argentino de dudas idiomáticas (DADI), publicado por la editorial Santillana, que echa luz sobre errores, vacilaciones, incertidumbres y barbaridades en que caen los argentinos a la hora de escribir y de hablar. Y tanta fe le tienen al diccionario sus autores, que cariñosamente lo llaman DADI, que es como se dice fonéticamente papi en inglés, con la diferencia de que William Shakespeare lo escribía con "y" al final (por lo menos, así se cree).
El libro es fascinante en cada una de sus casi 500 páginas. Ahí se puede saber cómo se conjugan los verbos, qué acepción tienen los adjetivos para saber usarlos correctamente y cómo se han castellanizado algunas palabras nacidas en otro idioma, como chofer, video, etcétera.
"Todo comenzó cuando teníamos acá (por la Academia de Letras, claro, aunque él es fanático de la otra, de Racing) el Consultorio Gramatical de Urgencias; entonces la gente llamaba para preguntar cómo se decía o se escribían las palabras y qué significaba cada una de ellas, y nos dieron un poco de bronca las dudas que tenían. Pero no todo fue malo, porque de allí nació el «dudario básico» que derivó en este DADI", dice, y aclara que dudario es una palabra que existe y que se utiliza de esa manera.
Barcia cuenta, siempre muy entusiasmado, que hubo imposiciones muy graduales que cambiaron el lenguaje, como el voseo y el "ustedeo"; o los horriblemente célebres verbos terminados en izar, como banelquizar; o términos como "corralito", que "nos llevaron a reflexionar y a asentar criterios. Además, piense que es el uso de la gente culta lo que impone la modificación".
-¿Cuál fue el término o la situación más difícil que tuvieron que resolver?
-El dequeísmo fue una de las cosas más difíciles de definir. Nos llevó mucho tiempo y trabajo porque para hacer un buen diccionario es necesario que se cumpla la regla de las tres "C": corrección, concisión y claridad.
Barcia admite que los niños son los que utilizan en forma "lógica" el idioma, porque usan siempre verbos regulares. Y que los irregulares se inventaron por conveniencia. "Y es el uso el que quebró esa lógica. Los chicos dicen «andé a caballo» -ejemplifica- y no está mal conjugado."
Como si fuera una de sus clases y no un reportaje, el lingüista cuenta: "Los teólogos dicen que son los herejes los que hicieron desarrollar la teología, al ponerla en duda. Y lo mismo pasa con la lengua. Fijate, María Montessori [la educadora] decía que la lengua es el cemento social, el gran instrumento de la inclusión. Y es cierto".
¿Qué usamos mal? ¿Qué no se usa? ¿De verdad somos vulgares y caemos en errores groseros? Sí, definitivamente.
Hojeando el diccionario con detenimiento nos topamos con la ignorancia. Por ejemplo, lo correcto es decir absceso, y también es correcto escribir acechanza y asechanza, aunque signifiquen cosas diferentes: la primera, "observar o esperar cautelosamente con algún propósito", mientras que con "s" es "engaño o trampa". Y aclara el DADI: "Ambos términos fueron especializando sus usos y no deben confundirse".
Tampoco es bueno, siguiendo con los ejemplos, decir que algo está arriba de la cama, porque lo correcto es "encima de"; "bienpensante" está mal escrito porque antes de "p" va "m", aunque en forma separada es correcto.
En cuanto a los adverbios, Barcia sostiene que frente a ellos la gente "desconfía", porque algunos son inventados, como "jamasmente", bastante usado en el interior del país. Los periodistas, en cambio, desconfiamos de los gerundios, a pesar de que es más difícil equivocarse con estos últimos que con los primeros.
Y claro, el gran tema es la evolución del lenguaje.
-¿Las palabras se mueren?
-Sí, las palabras se mueren cuando se dejan de usar durante una determinada cantidad de tiempo, pero no puedo decir cuánto exactamente. Yo creo en lo que decía Manuel Seco: "Todos los días saco a pastorear algunas palabras". Mirá, antes al gaucho se le decía "gauderio" o "camilucho", pero son formas que se han perdido.
-Javier Marías, que es miembro de la Real Academia Española, decía que para que las palabras no se murieran había que escribirlas de vez en cuando.
-¡Sí, es verdad y tiene razón! Me gusta ese ejercicio para quedarnos con vocablos totalmente olvidados.
El titular de la Academia dice que el léxico se va perdiendo paulatinamente porque en las aulas no se utiliza el diccionario durante las horas de clases y que es la radio la que conspira para empobrecer la lengua.
"La radio es lo más peligroso en cuanto a la cosa gramatical", concluye.

EJEMPLOS

Algunos casos analizados en el libro
Correcto
Cónyuge
A costa de
Cíber
Abasto
Buen humor
Kiosco
Quilate
Al por mayor
Por más que
Obsceno
Peculio

Incorrecto
Cónyugue
a costas de
Cyber
A basto
Buenhumor
Kiosko
Kilate
Al pormayor
Por más de que
Obceno
Pecunio.

Expresarse. Lengua y sociedad.

Expresarse

 Por Sandra Russo

Imagen: DyN.
Cuando tenía tres años, mis padres me mandaron a un Kindergarten que, como su nombre lo indica, era alemán. Era hija única y querían que tuviera contacto con otros chicos. Eso por lo menos es lo que me contaron. El ascenso social de la época indicaba colegio privado, pero como no había vacantes en el High School, que era el más coqueto, me inscribieron en el alemán.
Fue una experiencia que marcó mi vida, en el mejor y en el peor de los sentidos. En el mejor, porque estoy segura que de ahí me vino siempre la necesidad de expresarme, escribiendo o dibujando. En el peor, porque me recuerda una parte de la infancia de una incomunicación muy dolorosa.
Pocos de mis compañeros hablaban castellano. Eran nenas y nenes criados en hogares de inmigrantes alemanes que luchaban contra el olvido de su propia lengua. El alemán que se hablaba en esas casas no era siempre alemán del todo: ya se mezclaba con neologismos y argentinismos como en el cocoliche. Debe haber habido cocoliches en todos los idiomas que hablaron los habitantes del Buenos Aires de las primeras décadas del siglo XX.
Las maestras del Kindergarten nos hablaban en alemán. Parecía que no les importaba, que no tenían en cuenta en absoluto que podía haber alumnos, como yo, que no entendían ni una palabra desde que llegaban hasta que se iban a sus casas. Jugábamos en alemán, y todos los días me tocaba hacer la prenda, porque perdía. Es una experiencia horrible no poder traspasar la lengua que a uno lo rodea. Es no poder compartir el mismo mundo con los otros. La lengua nos envía a una dimensión precisa que incluye forma y fondo. Es la manera de entenderse, ponerse de acuerdo en las palabras y en el significado de esas palabras para poder comunicarse con los otros y ser a su vez comprendido.
Esto no tiene que ver con estar de acuerdo en nada. No tiene que ver con coincidir más que en el marco, en el mar en el que se navega o se naufraga. En el colegio, yo nunca sabía si estaba naufragando o navegando, solamente llegaba a percibir que en la clase se estaba hablando sobre algo acuático. A medida que fui aprendiendo un poco, fui uniendo palabra con palabra, por deducción o iluminación. Eran flashes. Ponían más en relieve, todavía, la bruma en la que estaba el resto del tiempo. Cuando uno no habla la misma lengua que otro, puede comunicarse de muchas otras maneras, pero se pierde la comunicación directa y tranquilizadora que nos brinda la lengua. La precisión de la lengua. La buena escritura y la buena política también, creo, están muy vinculadas a la precisión. A lo específico. A la unicidad de lo que se describe, se comprende, se recibe del otro.
Esa especificidad tiene que ver tanto con lo personal como con lo colectivo. Así de específicas fueron, por ejemplo, las máquinas de coser Singer que regalaba Evita. Convirtió esa experiencia de millones de mujeres que por primera vez recibían un regalo del Estado en algo puntual irrepetible de cada una de esas biografías. Hizo que algo íntimamente emocional fuera una experiencia colectiva.
Sobre el Kindergarten todavía falta lo peor. Soy zurda. Me refiero a que escribo con la mano izquierda. Las maestras tenían decidido que eso era un defecto que había que corregir. En las clases de dibujo me ataban la mano izquierda con una soga a la cintura, y tenía que dibujar con la derecha. Tengo presente hasta hoy el árbol tieso y tenebroso que dibujé, mientras miraba entre lágrimas lo frondoso del árbol que dibujaba el nene que estaba a mi lado. Es terrible querer expresarse y no poder. Tener la idea o el impulso de hacer algo y no poder ser capaz de expulsarlo, es decir: de comunicarlo.
Por estas experiencias de frustración y de impotencia pasan diariamente muchos millones de seres, la gran mayoría de la humanidad. Millones y millones de criaturas que viven en los territorios sacrificables. A partir de ahí, de esa foto del World Press que pudieron haber tomado Cartier-Bresson, Salgado o Capra, de ese universo de anónimos sufrientes que nunca se han expresado, porque son una masa indiferenciada y, precisamente, inespecífica, uno puede ir acercando el foco hasta llegar a cualquier ámbito en el que el derecho de expresarse se les reserva a algunos ciudadanos, mientras no se concibe ni se defiende ni se reclama el derecho de expresión de enormes mayorías.
En nuestras sociedades, que han sacralizado la “libertad de expresión” como un icono impenetrable e incuestionable, no llama la atención que sea un sofisma que, es cierto, indica la necesidad democrática innegable de permitir que todas las voces, de todos los signos políticos, orígenes y clases sociales, puedan circulan libremente. Pero cuando se habla de “libertad de expresión”, ¿se alude a eso? ¿De qué estamos hablando exactamente cuando nos referimos a “libertad de expresión”? Si así fuera, si estamos defendiendo el derecho de todos, los ricos y los pobres, los célebres y los anónimos, los influyentes y los desesperados, es un buen momento para analizar, revisitar y debatir la “libertad de expresión”. Por mi parte, la completaría con la palabra “popular”: esa especificación es lo que necesito añadirle para asegurarme de que estoy diciendo lo que quiero: que la “libertad de expresión” es un derecho de todos, de todas, que no es solamente el derecho de los dueños de las empresas periodísticas. Sí de sus columnistas, de sus periodistas, piensen como piensen y digan lo que digan, pero en tanto dueños, ellos mismos, de sus propias firmas y sus propias conciencias. De sus palabras. Si no especificamos también esto, estamos decretando la muerte del periodismo. Y lo de “todos y todas” no es un cliché. Quiere decir que la “libertad de expresión” no puede excluir a nadie, si la respetamos en serio. Y porque la “libertad de expresión” es imposible sin el acceso a la comunicación, sin las condiciones materiales de acceso a la comunicación y a la emisión de mensajes, es porque apoyé fervorosamente la ley de medios y espero que el juez Carbone resuelva pronto sobre la medida cautelar del artículo objetado por Clarín.
Archivo: 3 de abril de 2011.

Lengua absuelta. Lengua y sociedad.

La lengua absuelta

 Por Diego Tatián *

Una de las conquistas decisivas que la democracia atesora en su antiguo e inagotable foyer político es el carácter público de las ideas y las palabras que las expresan. Connatural a la formación de una esfera de opinión pública, el periodismo, a la vez prosa del mundo y parte de guerra de la historia, se constituye en el mundo moderno no sólo como instrumento de información, sino también como ámbito complejo en el que una sociedad cobra conciencia de sí misma de determinado modo.
Precisamente por ello, porque se libra allí una disputa por la conciencia social, su estatuto es político en el sentido más inmediato y se halla afectado por una continua irrupción de conflictos. No hay periodismo neutral; puede haber sí un periodismo que aspira a la objetividad y que busca sustraerse de toda tentación de adulterar los hechos por ideología, interés o imposición. Como sucede en la Justicia, la política, la academia o el mundo del arte, el periodismo es una rutina con las palabras practicado por hombres y mujeres movidos por pasiones y no una asepsia de inmaculada percepción.
No por ello es deseable ni posible un “mundo sin periodistas”, como no lo es un mundo sin políticos o sin Poder Judicial. Sí lo es, en cambio, un mundo en el que ciertas dimensiones de la lengua sean capaces de exceder el disciplinamiento que un cierto sentido común forjado por los media impone sobre los significados públicos (“todo deberá ser entendido por todos, y por todos de la misma manera”, rezaría la forma al fin hallada de un lenguaje privado de experiencia y experimentación), y del disciplinamiento que la pragmática política impone a las ideas y la forma de su circulación.
Desde su imprevista constitución durante la embestida de los agronegocios en 2008, Carta Abierta ha tenido y tiene una evidente y deliberada contigüidad con el periodismo y con la política, pues se trata de un colectivo de intervención además de ser un espacio de reflexión. Sin embargo, por su propia naturaleza reclama una autonomía exploratoria que busca restituir y preservar una escena elemental de la política, un atavismo sin el que la democracia quedaría reducida a una pura forma, y aunque pudiera no ser ciega por ejercerse con acierto las decisiones institucionales, estaría sin embargo vacía.
Esa escena es la de un conjunto de hombres y mujeres que periódicamente y por una extraña dépense se reúnen como “comunidad acéfala” y desjerarquizada a ejercer el pensamiento y la comprensión de manera común; a producir una lectura colectiva del libro del mundo no exenta, precisamente por el hecho de serlo, de conflictos ni de colisiones con frecuencia de alto voltaje crítico. Hay algo mítico en todo ello, pero que sin embargo no es natural ni necesario, algo más bien raro y enriquecedor. A su vez, la práctica de subir a la red el registro de las discusiones que allí se producen permite un acceso público extenso a cientos de ciudadanos y ciudadanas en todo el país, quienes esperan con avidez esa ampliación virtual de las asambleas quincenales celebradas en la Biblioteca Nacional y otros espacios –algunos a cielo abierto– de la ciudad.
No siempre de manera deliberada y a veces a pesar de sí, el kirchnerismo ha producido una marca en la sociedad argentina –o ha sido la ocasión para que ello suceda– que los años revelarán como una de sus más perdurables contribuciones democráticas, y que difícilmente una eventual alternancia conservadora vaya a poder suprimir. Me refiero a la constitución de un intelecto general inclusivo y creativo en el que todos son convocados a pensar y ejercer su opinión sin abjurar –por delegación en otros o simple desinterés– de su potencia para pensar e intervenir. Esto tiene un nombre más simple: ciudadanía.
Emblema y símbolo de esa transformación profunda en la conciencia política argentina es en mi opinión, justamente, la Biblioteca Nacional, convertida desde hace años en el corazón cultural de Buenos Aires y así reconocido por lectores, científicos, artistas, escritores e investigadores de muy distintas proveniencias ideológicas. La Biblioteca ha logrado brindar una extraña hospitalidad a la más estricta investigación académica tanto como a la cultura popular; a la memoria de autores olvidados tanto como a la invención de cosas nuevas y a la edición de escritores actuales; a la palabra más abierta y pública tanto como a las experimentaciones estéticas más crípticas; a la asamblea de seres humanos reunidos para debatir en común tanto como a la soledad del lector de cosas extrañas bajo la “lúcida” lámpara en la penumbra amable, según la clásica figura evocada por Borges en más de una ocasión.
Esa idea compleja, y en acto de lo que debe ser una institución pública democrática no sacrificial de las rarezas que una cultura es capaz de producir, muestra la falsedad de considerar antinómicos estos términos y revela que la adecuada conservación de documentos del pasado y la preservación del acervo escrito que un pueblo se lega a sí mismo y a las otras culturas no sólo no sufre mengua sino más bien se potencia con la circulación de vida que han logrado impulsar miles de conciertos, conferencias, presentaciones de libro, mesas redondas y otras actividades abiertas a cualquiera.
La absolución de la lengua que la democracia promete a la paciencia de quienes confían en sus posibilidades emancipatorias más imprevistas y profundas presupone una alta autoexigencia de la sociedad respecto de sí misma, a la vez que produce ese presupuesto. Su mayor enemigo es el instinto de muerte que estropea la escucha, la lectura y la comprensión, y que suele explicitarse como repetición y como pereza. Una reconstrucción exagerada e irónica pero no imposible, vislumbra que en algún sentido la historia del rock argentino ha sido un largo camino contracultural para llegar a un texto y una palabra, la palabra “asco”, acuñados por Fito Páez al día siguiente de la primera vuelta de la elección porteña, pero que en realidad proviene de las entrañas de esa historia, como una gema irreverente labrada con esmero por los años. Encontrar allí algo como desprecio de los otros o una voluntad discriminatoria cualquiera (y no más bien una palabra hallada en el barro para eficacia de una crítica del desprecio y la discriminación que amenazan prosperar –no es ocioso recordar aquí que también Immanuel Kant, el más universalista de todos los filósofos, hablaba de “asco moral”–), trasunta en mi opinión una falta de oído elemental. Es simplemente no saber leer debido a la captura en aquello que ese texto precisamente supera.
En Buenos Aires hay más cosas entre el cielo y la tierra de lo que una pobre maquinaria publicística puede imaginar.
* Profesor de Filosofía Política (UNC).
Archivo: 1 de Agosto de 2011.

jueves, 5 de julio de 2012

Etnicidad, raza, género en América Latina


Al hacer click sobre la tapa del libro
se puede bajar el texto completo.

  Este libro (409 págs) brinda al espacio de Lingüística IV  herramientas conceptuales para abordar cuestiones relacionadas con Educación Lingüística e interculturalidad, relaciones entre lengua y cultura, lengua y sociedad.


Breve Descripción sobre los autores.
Santiago Cueto 

Santiago Cueto recibió la licenciatura en psicología educacional de la Universidad Católica del Perú y el Ph.D. en psicología educacional de la Universidad de Indiana. Ha sido investigador visitante en la Universidad de California en Davis. Actualmente es   Director   Ejecutivo   de   GRADE,   en   Lima,   y   Secretario   Ejecutivo   del   Fondo   de Investigaciones Educativas de PREAL. Sus publicaciones e intereses principales giran alrededor   de   la   evaluación   del   rendimiento   escolar,   los   determinantes   del   éxito escolar y la promoción de la investigación educativa en América Latina. 

Ray Chesterfield 

Ray Chesterfield, Ph.D de la Universidad de California, Los Angeles, es especialista en evaluación con la compañía Mariposa Consulting LLC.      Su trabajo se ha dirigido a la creación y evaluación de programas que promueven la formación de recursos humanos en comunidades marginadas. 

John H.Y. Edwards 

John    H.Y.   Edwards    obtuvo    su  doctorado    en   Economía     en   la  Universidad    de Maryland. Actualmente se desempeña como Profesor Asociado del Departamento de   Economía     y   del   Centro   de   Estudios   Latinoamericanos   de   la   Universidad   de Tulane. Sus  publicaciones e intereses principales giran en torno a economía pública, economía   de   la   educación,   desarrollo   económico   y   teoría   microeconómica.   Ha tenido    puestos   profesionales    en   la  Universidad    de   Tulane,   la  Universidad    de California, Berkeley, y el Banco Mundial. 

Kjell Enge 

Kjell Enge recibió el Ph.D. en la antropología de la Universidad de Boston. Ha sido asistente    de  investigación    con  el  Consejo    de  la  Población,    donde   dirigió  una investigación sobre la salud reproductiva de los Mayas en Guatemala. Actualmente, es profesor asociado de antropología en la Universidad de Dickinson en Carlisle, Pennsylvania,       EE.UU.    Sus    intereses   académicos       incluyen    la  antropología educacional,      sistemas    medicinales     comparativos,      y  sistemas    sostenibles    de 
producción de comida. 

                                                                                                     

lunes, 12 de mayo de 2008

María Laura Pardo

Apareció un artículo muy interesante sobre el Discurso y los medios donde la Prof. María Laura Pardo sostiene que los medios de comunicación reproducen un sistema de creencias discriminatorio, que desde la perspectiva del lenguaje en sociedad fomenta actitudes negativas y prejuicios en torno a determinados grupos sociales.

En el siguiente link: La entrevista